Durante un sábado nublado a las 7:30 de la tarde, un grupo de hombres, mujeres y niños con máscaras de color azul y blanco, plata y negro, y rojo y verde forman una fila junto al perímetro del Centro Comunitario para Jóvenes del Este de Los Ángeles. Pronto comenzarán a ubicarse en los asientos alrededor del cuadrilátero de boxeo, con sus refrigerios en mano, para disfrutar de una noche de lucha libre.
Tan pronto como los primeros dos guerreros enmascarados se presentan ante el árbitro, la muchedumbre de unas 150 personas desata su fanatismo, dando saltos en sus asientos y alentando a su luchador preferido. La lluvia que cae afuera queda silenciada con los gritos de “rudo, rudo, rudo” del público, donde los aficionados ondean banderas mexicanas y estadounidenses.
La lucha libre tiene una tradición de muchas décadas en México, donde se considera un deporte nacional. Al combinar la lucha tradicional con historias dramáticas, los luchadores realizan actos extremos luciendo disfraces muy originales. El amor por este deporte arribó a los Estados Unidos, adquiriendo popularidad en comunidades como Boyle Heights y el Este de Los Ángeles, ya que ofrece un entretenimiento asequible para la familia y remonta a los inmigrantes a su lugar de origen.
“Es una tradición”, dice Alicia Rodríguez, de 58 años y residente del Este de Los Ángeles, a quien le gusta llevar a sus nietos a las peleas. “A mis tíos y mi madre les gustaba. A mí no me gusta, pero vengo a traer los niños”.
Una larga historia
La lucha libre para aficionados surgió en México a finales del siglo XIX, pero no se convirtió en un fenómeno nacional hasta la década de 1930, cuando un patrocinador incorporó personalidades e historias que había visto en competencias en El Paso, Texas. En 1952 se introdujo un elemento que cambió la lucha libre para siempre: el debut de El Santo, un hombre que lucía el pecho al descubierto, pantalones blancos y una máscara plateada que dejó a los aficionados boquiabiertos.
Las máscaras les permiten a los luchadores asumir una nueva personalidad, la que se complementa con coloridos trajes y diseños. Los luchadores usan una máscara para mantener su identidad en secreto. Si el luchador es desenmascarado, esto significa generalmente el final de su carrera.
La lucha libre migró con el tiempo a Estados Unidos, donde muchas comunidades hispanas prefieren su estilo más acrobático y las historias cuasi míticas a las versiones estadounidenses, como World Wrestling Entertainment, conocida por sus golpes más duros y directos.
Las luchas son tan populares en Boyle Heights que los productores de Lucha Underground, el programa de televisión en El Rey Network de Robert Rodríguez, eligieron un depósito abandonado cerca del puente de Fourth Street donde llevar a cabo su programa.
Pero si bien Lucha Underground es una versión cuasi artística creada para una audiencia televisiva más amplia en EE.UU., las peleas en los estadios locales se mantienen más fieles al estilo de lucha tradicional en que los “técnicos” (los buenos) pelean contra los “rudos” (los malos).
Popular en el este
Las peleas que se llevan a cabo dos veces al mes en el Este de Los Ángeles son presentadas por MWF, Lucha Mex, un emprendimiento a cargo de Manuel de los Santos, conocido en su tiempo como el cuadrilátero como El Kiss. Cuando El Kiss perdió su máscara en una pelea en 1998, él y su esposa luchadora, La Texana, se dedicaron a promocionar y entrenar a sus tres hijos, quienes ahora luchan como parte de La Dinastía Kiss.
Su hijo mayor y menor, que pelean como Kiss Jr. y Kiss III respectivamente, son con frecuencia los buenos que más facturan en sus luchas.
“Tenemos la fortuna de llevar esto en la sangre desde que nacimos, señala Kiss Jr., de 28 años, que dice haber comenzado a entrenar cuando tenía 14 años.
“Nacemos prácticamente con las máscaras puestas”, agregó Kiss III, de 20 años. “Es un honor poder ser parte de una familia dedicada a la lucha”.
En honor a la tradición familia, las máscaras de los hermanos fueron inspiradas en el maquillaje de la banda de rock Kiss, al igual que la máscara de su padre. Usan trajes negros semejantes a los de la banda con diseños tipo llamas, el de Kiss Jr. es de color rojo y el de Kiss III es de color violeta.
“A los niños les gustan las máscaras y a la gente adulta les gusta la controversia de los ‘rudos’ y los ‘técnicos’”, explica “Punisher”, de 33 años, un “rudo” cuya personalidad se inspira en el superhéroe de Marvel con el mismo nombre.
Si bien la mayoría de la acción en el cuadrilátero es actuada, las piruetas, las caídas aparatosas y los golpes son muy reales, por lo tanto, las lesiones son inevitables.
“Tengo la cintura y los tobillos lastimados, y la frente mordida, señala “Punisher”, que agrega que los luchadores corren riesgo de dislocar y fracturar algún hueso, y en casos extremos, pueden enfrentarse a la muerte. El mes de marzo pasado en Tijuana, un luchador popular, El Perro Aguayo, murió durante una pelea.
Todo por el público
Los “rudos” y los “técnicos” reconocen que el público afecta su desempeño.
“Nos dan energía porque nos apoyan”, dice “Punisher”, que a menudo se burla del público durante la lucha. “Somos los “rudos” pero nos apoyan también”.
“Venimos a darle al público lo mejor de nosotros”, dice Kiss Jr. “De verdad nos entregamos de corazón al público que nos da de comer cada día”, dice Kiss Jr.
En el Centro Comunitario para Jóvenes del Este de Los Ángeles, familias, grupos de amigos e incluso parejas que salen en una cita forman parte del público. Muchos dicen que los precios de las entradas, 10 dólares para los adultos y 3 dólares para los niños, ofrecen una alternativa de entretenimiento asequible en el vecindario.
“Es la primera vez que venimos”, dice Ralph González, de 40 años, cuyo grupo familiar incluía a otros dos adultos y dos niños. “Siempre pasamos y lo vemos, hasta que un día dijimos: ‘Tenemos que ir’ y finalmente lo hicimos”.
Vestido con camisa y pantalón negro y luciendo una máscara plateada, Refugio Zazueta de 19 años se encuentra sentado junto a su madre en una fila cerca del cuadrilátero. Dice que es aficionado a la lucha desde los 14 años. “La lucha libre tiene mucho que ver con la familia”, dice, señalando a La Dinastía Kiss. “Son una familia, están unidos”.
Juan Ávila, de 54 años, manejó desde San Bernardino con su novia para ver el espectáculo. Creció viendo luchas en las ciudades gemelas mexicanas de Torreón, Coahuila y Gómez Palacio, Durango.
“La lucha libre es una diversión, nada más”, dice. “Es algo diferente que despeja la mente”.