Aniceto Cortés recuerda con nitidez cuando era niño y trabajaba en los campos de su abuelo en el pequeño pueblo de San Felipe Xochiltepec, Puebla. Siempre que un avión sobrevolaba el lugar, recuerda Cortés, corría hacia un árbol para abrazarlo y llevar con asombro los ojos al cielo. Se preguntaba qué podría ser aquella ave metálica que volaba por el cielo y soñaba con que algún día podría estar allí arriba con ella.

“Yo nomás miraba hacia al cielo y [me preguntaba]: ‘Algún día, cuando esté yo grande, ¿podría ir yo ahí?’”, recuerda.

Hoy, el inmigrante de 52 años ha logrado convertir en realidad su sueño de volar: viaja en avión todas las semanas gracias al negocio que estableció y que le permite ser su propio jefe.

Desde hace más de 10 años, Aniceto Cortés ofrece un servicio único a las personas de su pueblo de origen y sus parientes en Los Ángeles. Entrega encomiendas desde y hacia su hogar en Boyle Heights.

A menudo los miembros de la familia vuelven con encomiendas en su viaje de regreso a Los Ángeles, tras visitar su pueblo de origen en México. Es así como comenzó a trabajar Cortés, trayendo y llevando encomiendas en sus viajes a Puebla.

“Cuando yo iba cada dos años a México, les llevaba cosas a los del pueblo, como ropa, calzado, accesorios…”, dice Cortés, ciudadano estadounidense que vive en Los Ángeles desde hace más de 30 años. “Y de ahí cuando regresaba les mandaban las encomiendas: cacahuates, dulces y todo eso, pero no tenía ningún cobro”.

Un negocio lucrativo

Lo que comenzó como un favor a los amigos, se convirtió en un negocio lucrativo para “Don Cheto”, como lo llaman cariñosamente, y ahora ofrece un importante servicio a los miembros de las comunidades inmigrantes que sienten nostalgia por los artículos de sus lugares de origen y mantienen lazos con familiares allí. Muchos inmigrantes que no confían en el servicio postal de México y en otros servicios de mensajería, prefieren pagar a “paqueteros”, como Don Cheto, que son personas muy conocidas en su territorio.

Don Cheto aprovechó la oportunidad de obtener una ganancia y ayudar al mismo tiempo a los inmigrantes de su Puebla natal. “Eso me motivó y pues lo empecé a hacer, porque yo sabía que había también un poco de negocio ahí sobre eso”.

Todas las semanas, Don Cheto empaca todos los artículos que los clientes le traen a su hogar en Boyle Heights y emprende este viaje complejo en el que demora un día entero en llegar.

Primero conduce su camión hasta Tijuana, donde toma un vuelo a la Ciudad de México. Desde allí viaja en autobús a la capital de Puebla, donde realiza las primeras entregas. Luego continúa el viaje en autobús a Izúcar de Matamoros, el segundo lugar de entregas y desde allí viaja en camioneta a su destino final, San Felipe Xochiltepec, un pequeño pueblo con unos 1,200 residentes.

Repite las paradas en el camino de regreso, recogiendo encomiendas para llevar a Los Ángeles.

Los clientes de Don Cheto en Los Ángeles envían a menudo ropa, accesorios y calzado a Puebla. En algunos casos, las personas envían dispositivos electrónicos, como teléfonos, tablets, computadoras y televisiones grandes – artículos que son difíciles de conseguir o más costosos en México.

“Le mandamos a veces ropa, medicinas o cosas así”, dice Guadalupe Rosas, residente de Boyle Heights y clienta frecuente de Don Cheto. “Cosas que ellos necesiten y no las pueden conseguir allá”.

Del mismo modo, sus clientes en Los Ángeles reciben artículos que son casi imposibles de encontrar aquí, principalmente alimentos típicos y dulces especiales de Puebla. “Yo traigo mole, semillas de calabaza, cacahuate, ciruelas, barbacoa de chivo”, enumera Don Cheto. “Traigo mucho dulces, dulces típicos como palanquetas, chilacayotes, que son unos dulces de calabazas”.

El sabor de la tierra

El artículo más pedido es el mole, una salsa preparada con chiles, nueces y especias que se emplea en uno de los platos más emblemáticos del estado de Puebla. Los clientes piden a sus familias que les envíen la salsa preparada o los ingredientes para hacerla aquí.

“El mole, aquí hay bastante, mole Doña María, de muchas compañías”, dice Cortés. “La realidad es que a veces aquí los pueden encontrar pero no es igual, por el sabor”.

Explicó que si bien el costo de comprar alimentos o dulces aquí o de encargarlos de Puebla a menudo es el mismo, la gente prefiere pedirlos de allí. “A veces sale igual, el problema está en el sabor y el gusto de cada persona”.

La clienta Rosas, oriunda de Izúcar de Matamoros, concuerda en que el sabor no es el mismo. Su madre le envía mole cuatro o cinco veces al año. Recibe unos cinco kilos con cada encomienda y esto le dura varias semanas.

“Allá lo hacen ellos [de forma] natural, no con máquinas ni nada de eso. Es mejor, más natural”, señala.

Don Cheto presta servicios a una importante cantidad de poblanos en el Este de Los Ángeles, cuya presencia en Boyle Heights y en el Este de Los Ángeles es evidente por la cantidad de restaurantes y demás negocios orientados a los inmigrantes de esa región.

Debido a la gran concentración de poblanos, el gobierno de Puebla decidió cambiar su oficina local ubicada de la zona media de Wilshire y mudarse a la calle Indiana, justo frente a un restaurante que vende cemitas, mole y otros platos poblanos.

La oficina del estado, Mi Casa es Puebla, ofrece partidas de nacimiento y otros documentos oficiales a los poblanos en el Sur de California. Su director, Ricardo Herrera, señaló que su estado es uno de los cinco con la cantidad más numerosa de inmigrantes que residen en el Sur de California. Según los datos estadísticos del gobierno mexicano, Los Ángeles cuenta con la población más grande de inmigrantes de Puebla inscritos en el consulado mexicano .

Herrera, que también inmigró recientemente, señala que los negocios como el de Don Cheto ofrecen un servicio fundamental para la comunidad que siente gran añoranza por los sabores de su tierra natal.

“Yo lo estoy viviendo en esta corta temporada que llevo acá”, dice Herrera, recordando los platos favoritos de su pueblo. “De repente extrañas los ‘tlacoyos’ de tu mamá o de tu abuelita.”

Cuando Don Cheto comenzó con su negocio, viajaba cada quince días, pero a medida que el negocio fue progresando, aumentó la frecuencia de sus viajes. Ahora hace entregas todas las semanas, y su esposa Ana María Cortés, también viaja regularmente como forma de cubrir la demanda.

Si bien no es un hombre rico, este propietario de su vivienda en Boyle Heights señala que con su negocio mantiene a su familia y les permite a él y su esposa disfrutar de la libertad de ser sus propios jefes y visitar regularmente a sus familiares en México. Cortés se negó a decir cuánto cobra por sus entregas ni quiso hablar sobre los ingresos que percibe de este emprendimiento, pero dice que gana lo suficiente como para que su familia no tenga dificultades como las que él pasó durante su infancia. Dice que uno de sus grandes logros fue construir una casa en Puebla para su madre, a la que ahora visita todas las semanas.

Todo esto se logró con grandes sacrificios personales, dice su esposa, que debe dejar a su hija de 11 años cuando viaja. “No dormimos, no comemos bien, no descansamos bien porque un avión es bien incómodo”, dice.

Clientela fiel

Los clientes fieles a Don Cheto provienen de todas partes del Sur de California, incluso zonas lejanas como San Diego y Fresno. Cortés no es el único que orienta sus servicios a los poblanos de Boyle Heights. Hay otros paqueteros locales que hacen entregas en zonas específicas de Puebla y Cortés está al tanto de que otras dos personas cubren su ruta.

La clienta  Rosas explicó el motivo de su fidelidad: “Le tenemos más confianza. Sabemos con seguridad que va a llegar y en caso de que no llegue, pues el señor se hace responsable de eso”, dice.

Cortés señala que cumple con las normas del Servicio de Aduanas de Estados Unidos en lo que respecta a los artículos que pueden ingresar al país y que restringe sus entregas al valor que puede transportar como un pasajero común. Las normas del Servicio de Aduanas de Estados Unidos les permiten a los viajeros transportar hasta 800 dólares en regalos y compras personales. La mayoría de las frutas y las carnes están prohibidas.

Cortés afirma que su negocio no es lo suficientemente grande para necesitar una licencia de importador, pero que trabaja con uno de Tijuana cuando sus entregas superan los límites establecidos por el Servicio de Aduanas.

Cortés recuerda que antes de comenzar con su negocio soñaba frecuentemente con volar, lo que se remontaba a los recuerdos de su infancia y del ave metálica volando por el cielo.

“Todos mis sueños eran de volar y volar y volar y volar”, dice. “Cuando empecé este negocio y empecé a volar cada 15 días, se me quitaron los sueños. ¿Por qué? Le digo a mi esposa que cumplí mis deseos”.

Foto superior: Aniceto Cortés, conocido como Don Cheto, muestra algunos de los productos que trae cada semana de su pueblo natal en Puebla. Fotos de Jennifer López.

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