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Estudiantes subieron a una plataforma frente al Ayuntamiento y corearon: “¡FUERA ICE DE LA!”
La lluvia caía intensamente, empapando a estudiantes que se protegían con banderas y carteles, pidiendo el fin de las redadas federales de inmigración que continúan ocurriendo en todo el país.
Durante este ciclo escolar, estudiantes de LAUSD han ejercido su derecho de la Primera Enmienda a protestar contra las políticas migratorias de la administración Trump. En 1968, estudiantes chicanos utilizaron tácticas similares para luchar contra desigualdades sistemáticas en sus escuelas.
Victoria “Vickie” Castro, una de las pocas activistas mujeres involucradas en los Blowouts del Este de Los Ángeles de 1968, aún recuerda la ruta que recorría para recoger a otros estudiantes activistas en vecindarios del este de Los Ángeles. Se reunían en parques locales y en la Iglesia de la Epifanía, conocida por haber servido como base para líderes de United Farm Workers.
Juntos, los organizadores movilizaron hasta 22,000 estudiantes para protestar contra la desigualdad educativa.
Castro dijo que desde temprano aprendió a navegar el “machismo” dentro del movimiento. “Si había una reunión o una protesta, se esperaba que fueras la secretaria”, dijo.
Castro fue presidenta de Young Chicanos for Community Action, una organización que más tarde evolucionó en los Brown Berets después de su salida. Actualmente participa activamente en el capítulo del Este de Los Ángeles de la Asociación de Educadores Mexicanos.
Mientras activistas latinos enfrentan revelaciones derivadas de una reciente investigación del New York Times sobre una figura prominente del movimiento, Castro recuerda su propia experiencia organizando en un espacio dominado por hombres.
La reportera estudiantil de preparatoria Maya Everhart Sanchez habló con Castro sobre la organización de huelgas estudiantiles, la presión familiar y cómo se escondía de un primo que trabajaba como sheriff del Este de Los Ángeles durante las manifestaciones.
Esta entrevista ha sido editada por razones de espacio y claridad.
¿Cuáles fueron algunas de las maneras en que las y los organizadores se reunían durante los Blowouts de 1968?
“Empezamos reuniéndonos en Laguna Park, que ahora es Salazar Park, y estuvimos reuniéndonos ahí durante mucho tiempo. Después comenzamos a reunirnos en la Iglesia de la Epifanía. El Padre Luce era el pastor y nos ofreció un espacio para reunirnos. Teníamos el sótano, y ahí surgió el periódico La Raza. Ese era como nuestro centro.
Luego creo que fue David Sánchez quien tuvo la idea de abrir una cafetería. No había cafeterías en East LA. Así que establecimos La Piraña, que estaba en Olympic y Goodrich, donde ahora está el restaurante Tamayo. Siempre recuerdo que yo era la única mayor de 21 años, así que firmé el contrato de arrendamiento. Pero el Padre Luce y David Sánchez habían recibido una subvención para pagar la renta, y así fue como comenzamos”.
¿De qué maneras sus experiencias con la policía como organizadora estudiantil reflejan las de activistas estudiantiles actuales?
“No recuerdo haber vivido algo personalmente hasta el día de las múltiples huelgas escolares. Esa fue la primera vez que presencié violencia. Estaba afuera de la escuela viendo a estudiantes brincar cercas, ser aplastados, y luego ver a policías de Hollenbeck — supongo que LAPD — diciéndoles que regresaran a clases y usando macanas para golpear personas. Esa fue la primera vez que vi algo así. Y después de eso, fue muy aterrador y muy feo”.

¿Cómo lograban trasladarse estudiantes activistas de una escuela a otra durante los Blowouts de 1968?
“Yo era una de las pocas personas que tenía carro. Era el Uber de esos tiempos. De hecho, hasta tenía una ruta cuando había reuniones. Mucho dependía de apoyarnos mutuamente. Recuerdo que recogía a David Sánchez y luego iba por Moctesuma, porque vivía cerca de Brooklyn. Después subía por Soto; Moctesuma Esparza vivía ahí mismo y Paula Crisóstomo vivía en El Sereno. Así que tenía una ruta. Fui la única con carro durante mucho tiempo. Yo ya era estudiante universitaria. Todos los demás todavía estaban en preparatoria. Dependíamos de quién iba, a dónde y quién tenía transporte”.
¿Qué conversaciones tenían sobre seguridad mientras organizaban? ¿O qué conversaciones le hubiera gustado tener?
“Éramos muy ingenuos. Nunca pensamos que estábamos haciendo algo ilegal. En ese sentido, éramos muy ingenuos; ni siquiera pensábamos que hubiera agentes encubiertos o policías infiltrados. Más bien hablábamos sobre cómo los Brown Berets podían proteger a estudiantes de los sheriffs o de la policía. Nunca era algo orientado a emergencias. De hecho, cuando comenzaron los arrestos, fue bastante impactante, porque simplemente estábamos expresando nuestras preocupaciones y nuestro derecho a expresarlas”.
Cuando participaron en las huelgas, ¿recuerda haber sentido apoyo de su comunidad? ¿Y cómo se veía ese apoyo?
“Ser chicana, ser mexicoamericana, era un poco difícil, porque crecimos aprendiendo a respetar las escuelas. Una de las cosas que hacíamos cuando animábamos a estudiantes a salir de clases — cuando nos reuníamos con grupos, especialmente en escuelas — era asegurarnos de que supieran por qué estaban protestando. Al principio nos llamaban comunistas y muchas otras cosas, pero ya habíamos intentado hacer las cosas por los canales adecuados, de manera respetuosa y educada, y eso no nos estaba llevando a ningún lado”.
¿Qué la llevó de regreso a la reforma educativa y eventualmente a servir en la Junta de Educación de LAUSD?
“Fui seleccionada para ser directora de Belvedere Junior High. Estaba de regreso en mi vecindario. Me divertía mucho ahí. Empezamos un mariachi. La estaba pasando muy bien en Belvedere, excepto que la violencia escaló. Ese fue uno de mis últimos años como directora. Perdimos a cinco estudiantes por violencia de pandillas, todos de secundaria.
Tuve mucha suerte porque ese sheriff del Este de LA del que yo me escondía durante las protestas ahora era capitán de los sheriffs del Este de LA. Así que podía llamarlo. Tenía su apoyo, pero no tenía el apoyo del distrito escolar.
Cuando llegó el momento de mi evaluación, me iban a degradar de puesto. Entonces llamé a amistades que había hecho y les pedí consejo, y me dijeron: ‘Postúlate para la junta. Esa es la única manera de cambiar las cosas’. Así que me postulé, gané la elección y lo primero que hice fue poner a la policía escolar en uniformes y patrullas identificadas. Estuve ahí ocho años”.
¿Hay algo que no le pregunté y que cree importante mencionar sobre la organización estudiantil?
“Hoy me preocupa más, porque las luchas que veo ahora son más serias. No es que nuestros problemas no fueran serios, pero hemos tenido victorias que ahora nos están quitando: estudios étnicos, todo este asunto de sacarlos de las escuelas y cambiarles el nombre. ¿De verdad necesitamos una revolución ahora? Estoy más asustada ahora que en cualquier otro momento de mi carrera.
Pero lo que sí disfruto ahora es que hay tantos jóvenes articulados y enfocados, que se toman la universidad en serio, y esa es mi esperanza”.